Siempre hay animales de esos que uno no puede ver ni en fotos, y si en algo no tengo el gen femenino atrofiado es en el miedo-asco que me causan las cucarachas y los ratones, si, ese que irremediablemente me impulsa a subirme a sillas, a implorar la presencia materna y ha sentirme tan desvalida, indefensa y vulnerable como ninguna otra circunstancia puede lograr hacerme sentir. Imposible recordar de la niñez lo malos ratos causados por esos bichos, todavía no entiendo el motivo divino que tuvo el gran creador para ingeniarse a esos animales. Pero al desconocerlo, la alacena siempre está dispuesta a enfrentar un ataque de esos animalejos aunque siempre se encuentre presente el recurso de llamar a un vecino e implorar ayuda, siempre es necesario algún “extra” que genere confianza.
Descubrir que compartía hogar con una familia entera de roedores a pesar de los armamentos caseros, fue la causa obligada para la llegada de un gato al hogar. Un gato¡¡ La sabiduría popular mentaba que la sola presencia de un gato era suficiente para alejar a los roedores. A los gatos siempre los vi de reojo, con distancia, y es que en mi concepto de animal antipático, insolente, petulante e irreverente siempre estaba el gato, además para ser animal domestico se me hacia muy despegado de sus amos.
Omitiré la llegada del primer gato, aquel que por la imprudencia de la dueña de la casa no sobrevivió siete días y todas sus vidas sucumbieron de un solo tajo a un veneno para ratones. Omitiré las veces que el niño recordó a su madre la causa de muerte de aquel gato. “Hechas” las omisiones, es mejor llegar pronto al momento en que arribó aquel gato amarillo lindo y risueño. Llegó de manos de la abuela quien procuraba apresurar el olvido de la experiencia de muerte de la primera mascota de la casa (porque sigo dudando aquello que las tortugas sean catalogadas de mascotas, si viven en casa sin dejarse ver)
De inicio lo quería llamar buñuelo, pues el color doradito del pelaje me evocaba al afamado dulce criollo de mi abuela, que bañado en miel con papelón pensaba que seguro era manjar para el paladar de los dioses, y en definitiva porque se me antojaba que tuviera un nombre de capricho, como llamar a un perrito Piper, a otro vodka y al tercero brandy. Entonces solo el nombre fue capricho, porque el gato, el gato seguía siendo una necesidad. Me pregunto: - ¿Podré omitir la causa por la cual se cambió el nombre de Buñuelo a Rayito? – Si, lo haré.
Con la llegada de Buñuelo, perdón, Rayito, me sentía mas que vigilada, por mi mamá, por mi hijo, por los vecinos, amigos y afines, por los ángeles de gatos y hasta por la sociedad protectora de animales inexistente de mi pueblo, que estaban atentos a cada uno de mis pasos en el cuidado del gatito nuevo, no querían que corriera la misma suerte del primero. Le prodigamos mucho cariño, lo bañamos desde pequeñito para que se acostumbrara al agua, le compramos cesta con cama acolchonadita, cepillo para gatos, comida especial de gatos, y hasta tuvo un dia especial de sesión fotográfica. Era un gato muy consentido y muy casero.
Los roedores espantados de casa, huyeron despavoridos a la casa de la vecina, quien en igual estado de desesperación también fue en búsqueda de un gato. A contrario de mi Rayito, el de la vecina era gris feíto, gris manchadito, gris como de calle. No supe que entre gatos podían surgir sentimientos de envidia, sino es por la insistencia del recién llegado a estar de paso por mi casa, se asomaba y al ver como tratábamos a Rayito insistía en quedarse y nosotros insistíamos en llevarlo a su casa de origen, el venia y nosotros lo llevábamos, el venia y nosotros lo llevábamos. El volvía, y brincaba ventanas, paredes y techos por estar en nuestra casa. Y un día en una de nuestras devoluciones, sin ton ni son la vecina declaró que el gato no quería estar en su casa, que lloraba y que apenas tenía oportunidad volvía a la mia. Finalmente el gato no era mio, pero comia en la casa, dormía en la puerta de la casa, entraba y salía, y me perseguía, yo insistía en sacarlo, el se metia, insistia en rozar piernas, yo lo apartaba, me miraba fijamente como retando a mi resistencia. Ansiaba cariño, aquel que le sobraba a Rayito.
Pero un día del modo mas misterioso y sin que al sol de hoy tengamos noticias, Rayito desapareció. Lo esperé por días, “porque ellos a veces se van pero siempre vuelven”, según la misma sabiduría popular aquella. Pero se fue y nunca mas volvió.
Después de que rayito se fue (lo raptaron, lo mataron o quien sabe cuál sería su destino ), como mujer que sufre de desamor prometí nunca más dejarme engatusar y me negué en darle nombre a ese gato gris feito, que dormía y comía en casa y que era de otros pero vívia en la mia. Pero no conté con la inteligencia felina, y aquel gato gris al que me negué a darle nombre, ha permanecido dándonos compañía a pesar de mi primogénita voluntad y en ausencia de nombre simplemente le llamamos “Gato”
Ahora me pregunto: -y atendiendo a esa inteligencia felina- ¿Acaso el gato llamado Gato, no tendría algo que ver en la desaparición de Rayito? Bien sabía Gato que mientras Rayito estuviera en casa no habría espacio para él. Inicia la sospecha. Tu..tu ..tu …tuunnn (entiéndase como intento de onomatopeya de música lúgubre muy misteriosa)
Algún día el misterio se develará …